Novaresio venía piloteando la noche con su clásico tono solemne, pero cuando le tocó anunciar la bomba del día, se le congeló hasta el peinado. Se notaba que no quería ni rozar el tema, pero la realidad lo arrinconó: la noticia desparramó incomodidad entre los libertarios que viven hablando de libertad mientras les ajustan el bolsillo a los laburantes. El estudio quedó en un silencio espeso, de esos que duelen más que un cachetazo, mientras los libertos hacían malabares para justificar lo injustificable.
La situación tomó otro color cuando quedó claro que esta vez no había manera de zafar ni de disfrazar nada. Novaresio trató de seguir con cara de póker, pero el mensaje se le escapaba por los ojos: lo que tenía que decir golpeaba fuerte al corazón del gobierno. Y mientras él se tragaba el mal trago en vivo, las redes estallaban exigiendo explicaciones. La bomba ya estaba afuera y nadie la podía frenar.
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