Fantino decidió hacer algo cada vez más incómodo para el relato oficial: sacar oyentes al aire y escuchar. No especialistas, no consultoras, no planillas. Gente común contando cómo vive el día a día. Y lo que apareció fue un retrato crudo de la Argentina real, muy lejos de la “recuperación” que vende el gobierno.
“Cada vez estamos más apretados. La situación está bastante difícil. Los sueldos no están ajustados a la realidad. Hay mucho menos trabajo”, dijo uno de los primeros oyentes, marcando un patrón que se repetiría durante todo el programa. La sensación no es de ajuste transitorio sino de ahogo permanente, con ingresos que no logran seguirle el ritmo a los gastos básicos.
Otro testimonio mostró un cambio profundo en los hábitos de consumo: “Tengo muchos conocidos que ya no compran con tarjeta de crédito ropa o bienes durables como siempre. Ahora compran mercadería”. La tarjeta, históricamente usada para electrodomésticos, ropa o algún gusto postergado, pasó a ser una herramienta para sobrevivir el mes.
Desde el sector productivo, la situación no pinta mejor. “Trabajo en una textil. La plata alcanza cada vez menos. El consumo está planchado. Estamos haciendo una reconversión de productos que fabricábamos contra productos que se importan y, aun así, está planchado”, explicó un trabajador del rubro, dejando en claro que ni siquiera adaptarse al nuevo esquema económico garantiza ventas.
El panorama se repitió en distintas provincias. Desde la Costa Atlántica, un oyente fue lapidario: “Soy de Mar del Plata. El consumo es desastroso. Las calles están vacías, los negocios vacíos, todo vacío. Muy poco consumo. Esperemos que levante en la temporada, pero no le veo mucho futuro”. Una frase que prende alarmas en una ciudad que depende casi exclusivamente del turismo.

Uno de los momentos más fuertes llegó con un testimonio que rompió el clivaje político. “Soy de una zona clase media alta, tengo taller mecánico con mi viejo y nunca nos pasó en 30 años de laburo que clientes de carrera, como médicos, no tengan plata para pagar los repuestos”, contó. Y remató sin vueltas: “Lo voté a Javier, lo banqué y ya se me está acabando la paciencia”.
También apareció la contradicción entre los números oficiales y la vida cotidiana. “No estamos mal, pero la inflación es mentira. El alquiler me aumentó un montón, la luz está sarpada, los colegios, el inglés al que va mi hija y los sueldos no acompañan. No es real lo que cuenta el gobierno”, sostuvo otra oyente, poniendo en duda el relato de la desaceleración inflacionaria.
Desde un petshop llegó una de las frases más duras del programa: “Trabajo en un petshop. La gente prefiere, en todo caso, no comer ellos y darle de comer a los perros”. Un testimonio que habla de prioridades forzadas y de un ajuste que pega incluso en lo más básico.
La palabra “hambre” también apareció sin eufemismos. “Nunca vi tanta malaria. La gente se está muriendo de hambre. Las cosas siguen aumentando y los sueldos nada”, dijo un oyente, mientras otro aportó números concretos desde el comercio: “Tengo dos negocios, las ventas me bajaron un 50% como mínimo. Tuve que echar empleados. Es un desastre la economía, cada vez peor”.
Fantino no editorializó demasiado. No hizo falta. La sucesión de voces, una tras otra, armó un diagnóstico colectivo imposible de maquillar. Mientras desde el poder se celebran estadísticas y se habla de expectativas, en la radio quedó expuesta la otra cara: consumo derrumbado, ingresos que no alcanzan, despidos, endeudamiento para comer y una paciencia social que empieza a agotarse. La calle habló, y lo que dijo fue todo menos optimista.
