Si el propio Presidente dice que cualquiera va a poder gastar lo que se le dé la gana sin que nadie lo controle, el mensaje es claro y peligroso. No es una metáfora ni un error de palabras: es una señal política. Así, Argentina corre el riesgo de transformarse en una enorme cueva para narcos, financistas turbios, evasores y todo tipo de lavadores de dinero, con el aval explícito del poder.
La pregunta ya no es qué pretende esta ley, sino a quiénes viene a beneficiar y qué consecuencias va a tener para un país que ya sufrió demasiado cuando el Estado decidió mirar para otro lado.
