Cuando les preguntaron qué mensaje de fin de año le dejarían a Javier Milei, la respuesta fue cruda, directa y sin maquillaje: “Que se vaya a la concha de la lora, es un hijo de puta corrupto, él y la hermana”. Sin eufemismos, sin corrección política y sin miedo. Bronca pura de barrio, de heladera vacía y de fin de mes imposible.
Mientras en los estudios de TV se discuten teorías económicas, en el conurbano se habla de realidad. Y ahí, lejos del marketing libertario, el mensaje es uno solo: la paciencia se terminó.
