
La escena fue surrealista: lo convocaron convencidos de que iba a reforzar el argumento, pero terminó desarmándolo pieza por pieza frente a todos. Sin gritos, sin show, solo datos y fundamentos que dejaron al oficialismo sin reacción. Las miradas cómplices se transformaron en silencio incómodo en cuestión de minutos. Lo que iba a ser una validación técnica se convirtió en una exposición pública que todavía resuena en los pasillos del Congreso.
