
Después de haber sido apedreado en Lomas y quedar en el centro de la polémica, el presidente Javier Milei volvió a dar que hablar, pero no por una decisión política ni por una medida de gobierno, sino por un extraño posteo en sus redes sociales que dejó a más de uno preocupado. A altas horas de la noche, el mandatario compartió con entusiasmo una remera con su propia cara, acompañada de la frase “Milei-san” y caracteres japoneses que parecían darle un aire de figura internacional.
Lejos de transmitir la imagen de un líder centrado en los problemas urgentes del país, Milei prefirió mostrarse celebrando lo que definió como un “fenómeno barrial” en Japón, como si su figura estuviera atravesando fronteras culturales y generando una admiración global. La publicación generó perplejidad no solo entre usuarios comunes, sino también entre analistas políticos que no podían comprender el sentido del mensaje.
Lo inquietante del caso no fue solo el contenido, sino el momento elegido: en medio de una crisis social y tras un hecho de violencia política grave, el presidente optó por proyectar una imagen excéntrica, desconectada de la realidad que viven millones de argentinos. El contraste entre la dureza de los problemas cotidianos y el tono casi festivo de su posteo no hizo más que profundizar las dudas sobre su estabilidad emocional.
En las redes sociales, las reacciones fueron inmediatas. Muchos usuarios lo acusaron de vivir en un mundo paralelo, donde una remera con estética de animé japonés parece tener más importancia que la inflación, los despidos o la inseguridad que golpean en cada barrio del país. Otros directamente se preguntaron si el mandatario entiende la magnitud de su cargo o si realmente cree ser parte de un fenómeno cultural global.
La palabra “disociación” comenzó a aparecer con fuerza entre quienes interpretan estas actitudes como señales de un presidente que se refugia en delirios de grandeza para esquivar la crudeza de la realidad. No son pocos los que señalan que, en lugar de mostrarse como un estadista, Milei insiste en reforzar una imagen de outsider permanente, incluso cuando ya ocupa el máximo cargo institucional del país.
El episodio de la remera “Milei-san” no pasará desapercibido. En los próximos días seguirá alimentando el debate sobre qué le pasa realmente al presidente y hasta qué punto sus conductas responden a una estrategia de comunicación o a un estado psicológico preocupante. Lo cierto es que, mientras la Argentina reclama respuestas, Milei parece más interesado en su propio mito personal que en enfrentar los desafíos que lo esperan en la Casa Rosada.

