Solari habla de fútbol EN UNA ENTREVISTA CON EL COHETE A LA LUNA.

¿Cómo te pegó la victoria de los pibes?

Vi una alegría generalizada. Reunió una multitud incomprensible. Un gentío demencial para nuestros parámetros, pero que también lo hubiese sido en cualquier otro lugar del mundo. Una magnitud épica y epopéyica. ¡No faltó ningún extra! Para mostrar una multitud parecida en El señor de los anillos, Peter Jackson tuvo que sacarle humo a las computadoras. (Ríe.) ¡Una locura!

Me parece lindo, este quilombo. Me emocioné mucho, el otro día. Percibí la polenta de un grupo de pibes que tiene hambre de justificarse la vida, con objetivos claros. Así se puede. Porque estaban unidos. Un grupo humano que tenía un proyecto que alentaba desde las entrañas. Ahí tenés la clave. Si no hay emoción, no pasa nada.

Y eso que a Messi vivieron bardeándolo por ser «pecho frío»…

El «pecho frío» se comió el campeonato. Lo vi jugar con un alma invencible, delante de quien fuese. Tenía que ser el capitán, no sólo en términos futbolísticos, y se lo bancó. Y aun así fue dramático.

Es que arrancaron con mal pie, perdiendo ante Arabia. Pero repuntaron, recordándome una frase que solés decir: «Llegado un punto, de lo que se trata es de soportar la presión».

Hay que volver a tener enjundia cuando te ha tocado el ojete todo el mundo. Porque cuando te ven en el piso, te patean. ¿Después del primer partido? Mamita… Pero yo no me amilané. El equipo venía invicto de muchos partidos. No estuvo mal haberlo perdido, las llaves (que determinaban con quiénes se enfrentarían) fueron más livianas. Francia tiene un juego muy aburrido, que le permite ganar a veces pero que en el fondo es un fraude. ¡Hay que jugar a la pelota! Por algo los tres más grandes del mundo fueron argentinos: Di Stefano, Maradona y Messi. Y eso que no ponemos a Riquelme en la lista, porque se llevó mal con el nazi Van Gaal. «Con usted tengo un jugador menos», decía. Andá a cagar. Este tipo tuvo rollo con todos los argentos buenos, que terminaron tapándole la boca porque triunfaron de un modo u otro. Riquelme no se bancó a Van Gaal en el Barcelona, pero en el Villareal les pegó un bailongo a todos los grandes.

Me gustó que la gente aprendiese a valorar a esta Selección a partir de conceptos que iban más allá de lo futbolístico: el espíritu, el alma, la enjundia, el huevo, como cuando pintan a una banda de rock and roll que tiene una profundidad inusual.

Esa es la explicación que dio el Dibu Martínez cuando le preguntaron por qué había llegado a la semifinal: «Porque tenemos huevos, porque tenemos corazón…»

Es un psicópata divino. Si no atajaba ese último tiro del partido contra Francia, se iba todo al carajo. Pero se lo bancó. Hay que ponerse así delante de un tipo que no patea como vos o yo. ¡Te pega en la cabeza y quedás groggy! ¿Viste lo que hizo con la mano (cuando le entregaron el premio Guante de Oro)? El jeque lo miraba… ¡No entendió nada, nunca, pobre!

Tenían todo el derecho del mundo a festejar, a descontrolar. Los bardearon durante tanto tiempo…

En los canales que están al aire las 24 horas terminan diciendo pelotudeces que la gente compra, como si fuesen el Evangelio. Y el día en que los corneó la mujer, se levantan y se la agarran con Messi.

Pero no me pareció una cosa que dependiese del ánimo individual, más bien olió a campaña negativa.

Fueron un grupo de periodistas, sí, sirviéndose de sus malas artes y rompiendo las pelotas… Dijeron cosas disparatadas. Un tipo de rodillas pidiendo: «No pongas a Fideo…» Ese otro que se cavó la fosa, reclamándose a Messi que se retirase antes del Mundial… No sé quién va a contratar a esa gente, de acá en adelante. ¡Los debe odiar todo el calzonudo mundo!

Por esas putadas de la vida, el arranque del Mundial coincidió con la muerte de Hebe (de Bonafini), con quien habías desarrollado un lindo rapport.

 Las largas charlas telefónicas suelen fastidiarme, pero en el caso de Hebe se me hacían cortas. Hablábamos de bueyes perdidos y ella manifestaba un universo emocional bien diferente a la imagen pública. Me acercaba a su domesticidad cariñosamente, como se trata a un hijo. Con una humildad capaz de hacerme creer que yo era su chaperón durante esos llamados, al mismo tiempo que su motor político me encantaba con su prédica. Conmigo nunca hizo alarde de su temperamento, de su arrojo y su valentía. ¿Para qué perder tiempo con algo que todos —la tropa amiga, pero también los mercenarios—, sabíamos?

Cuando falleció fue tanta mi pena que lo único que atiné a escribir fue: “QUERIDA…” sobre una luminosa bandera luminosa argentina.