Chiche tiró dos frases y alcanzó para que en la mesa se hiciera un silencio pesado. Analizó la situación económica con una claridad brutal: sin ayuda externa, Argentina estaba al borde del default. No fue grito ni show, fue una piña directa al orgullo del gobierno. Y lo dijo con una tranquilidad que dolió más que cualquier editorial a los gritos.
El verdadero golpe vino cuando habló del G20. Recordó cuánto le costó al país entrar ahí y lo poco que vale borrarse ahora por seguirle el ritmo a un líder extranjero. Describió la actitud del gobierno como una entrega innecesaria y dejó flotando una pregunta que nadie se animó a responder: ¿qué nos queda como país si renunciamos a nuestra propia postura?
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