Editorial de opinión de Álvaro Ruiz Moreno.

Tradicionalmente el tema de la seguridad recayó en los ámbitos nacional y provincial de gobierno, ¿qué ha cambiado entonces para que hoy deban involucrarse también los gobiernos locales?

No hay una única respuesta. La descentralización, que ha ido acercando los niveles de decisión y ejecución en los temas más caros a nuestra sociedad (por ejemplo, la salud y la educación), ha generado en la población la percepción de que ésta es una ecuación fértil para resolver buena parte de los problemas.

A los ciudadanos les preocupa el tema de la seguridad. Los expertos sobre el tema señalan que no hay una correlación directa entre medidas objetivas de seguridad y sensación en una sociedad dada. Hay que decir las cosas como son: las estadísticas no siempre reflejan el verdadero nivel de delito porque gran cantidad de denuncias nunca se realizan, sea por temor a la represalia, por desconfianza en la Policía o simplemente por descreimiento de la Justicia.

Hay además un dato objetivo: el que vive en una calle sin iluminación siente que ahí está un foco para la acción de los delincuentes. El que, a su vez, tiene enfrente un baldío con malezas entiende que ese es un refugio para ladrones. En los ámbitos urbanos, los problemas varían casi de una cuadra a otra. Si alguien está en condiciones de relevar esas situaciones es, en primer lugar, el centro vecinal del barrio; luego el municipio en los CPC, y detrás puede llegair la acción de los otros ámbitos de gobierno.

Buscar anticuerpos.

Nuestras ciudades son cada vez más inseguras. Y les cabe a ellos buscar anticuerpos, aunque no ignorando las responsabilidades de los otros ámbitos del Estado.

Están quienes creen que todo se resuelve con mano dura, otros ponen el acento en la pobreza como causa directa de la delincuencia. No falta el que sostiene que el fenómeno se asocia al narcotráfico internacional, al que hay que atacar con dureza. Si se tiene una mirada unilateral sobre esta cuestión entonces se tiende a considerar que el gobierno local tiene poco o nada que hacer en materia de inseguridad.

Sin embargo, si uno comprende la profundidad del problema sabe que las soluciones sólo podrán venir si son pensadas integralmente. Visto desde la ciudad, se trata de un problema típicamente urbano que hay que atacar sin tregua desde todos los costados. Desmalezar un baldío es aumentar la seguridad, como lo es poner luminarias en las calles o divulgar y hacer cumplir las frecuencias del transporte urbano. También se incrementa la seguridad cuando se ofrece educación y trabajo digno a un chico de la calle, pero si al mismo tiempo se combaten las ventas de alcohol y de inhalantes tóxicos a menores. Es necesaria la represión en esta materia, pero definitivamente la prevención es la herramienta más eficaz.

Competencia municipal.

Estas cuestiones mencionadas aquí sucintamente son de directa competencia del municipio y, siguiendo el esquema, hay que comenzar por obligar a la propia Municipalidad a cumplir de manera eficiente con aquellos servicios que presta directamente o a través de terceros. Significa tomar decisiones de ese tenor:

Si hoy se rompe una luminaria, hoy hay que arreglarla. La falta de iluminación, a veces de cuadras o manzanas completas genera un núcleo urbano que facilita la labor de la delincuencia.

La frecuencia del transporte urbano debe conocerse para que los ciudadanos no estén expuestos a largas esperas en las que se exponen al mismo tiempo al ataque de los delincuentes.

Los mecanismos de control de ventas no autorizadas, como, por caso, la venta de alcohol a menores, deben ser estrictos.

Debe quedar claro el concepto: el municipio ayuda a mejorar la seguridad, pero ésta debe ser garantizada por la Policía y depende del Gobierno provincial.

Descontando la responsabilidad del Estado en esta materia, ¿qué pueden hacer los vecinos para mejorar la seguridad de la ciudad?

En los barrios hay más de una experiencia de participación que demuestra que la acción solidaria puede disminuir significativamente la inseguridad en sectores urbanos limitados.

Estos engranajes sociales unen la inventiva de los propios involucrados como víctimas de la delincuencia y el trabajo de los organismos de seguridad. Los primeros aportan el conocimiento de la zona, de la problemática especifica de los delitos que sufren y la distinción entre propios y extraños del barrio. La Policía, a su vez, aporta su capacidad técnica y operativa.

La inseguridad, un síntoma.

Quisiera dedicar un último párrafo a lo que es una convicción. La inseguridad es un problema tangible, pero también es un síntoma. Hay una relación directa entre la inseguridad y los otros problemas que nos aquejan a los argentinos, entre los cuales el desempleo, las políticas sociales poco contenedoras y la falta de credibilidad en las instituciones requieren solución urgente.

El desempleo tal vez no por sí sólo, pero sí en combinación con las dificultades en el acceso a la cobertura de ciertas necesidades básicas, tiene incidencia en el nivel de inseguridad de nuestra sociedad; y otro tanto sucede con la corrupción que genera desconfianza en la instituciones.

Las políticas sociales y las políticas de seguridad deben entrecruzarse, estas últimas serán más efectivas si la primeras funcionan mejor. En realidad, la calidad en las acciones sociales y la eficiencia en la distribución del gasto en la materia se relacionan con el delito, no sabemos en cuánto, pero sí sabemos en qué dirección: disminuyéndolo.

En cuanto a la corrupción, que no es sino otra tipología delictiva y que en consecuencia forma parte de nuestro problema de inseguridad, genera tal vez la peor de las incertidumbres.

La debilidad de las instituciones y la consiguiente desconfianza va provocando en la sociedad una suerte de anomia que estimula a un tiempo el delito y el miedo. Y a ambos debemos enfrentarnos si queremos una ciudad más segura. La solidaridad y la ética parecen ser armas si no suficientes, al menos necesarias en esa empresa.

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