Lo que se vivió dentro de la planta de Whirlpool dejó a más de uno con un nudo en la garganta. Una trabajadora recién despedida, soltó un mensaje que nadie esperaba escuchar. No fue un descargo más: fue la explosión de alguien que ya no puede seguir tragándose lo que ve todos los días en su casa y en su barrio. Apenas arrancó a hablar, el silencio se hizo pesado, incómodo, imposible de esquivar. Y lo que dijo después terminó de congelar el aire.
Mientras intentaba contener el llanto, apuntó directo al clima social que se vive afuera de esa fábrica. Contó que al llegar a su casa se quebró pensando en sus hijos y que no puede creer cómo se naturalizó que familias enteras vivan con miedo a perder lo poco que tienen. No dio vueltas ni maquilló sus palabras: su mensaje fue filoso y fue de frente. Y por eso mismo, el impacto fue inmediato.
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